Resulta muy tentador celebrar toda innovación como la panacea que solucionará las grandes carencias de la humanidad. Sin embargo, cada vez son más los informes sobre el tema que parecen empeñados en demostrarnos que toda esa aparente panacea se puede convertir, en un abrir y cerrar de ojos, en un multiplicador de desigualdad sin precedentes.
La estimación del
Fondo Monetario Internacional (IMF) advierte que «la
inteligencia artificial podría afectar a casi un 40% del empleo global«, y que podríamos enfrentarnos a una disrupción social de dimensiones inéditas. Del mismo modo, la ONU sugieren que «la
inteligencia artificial podría afectar a un 40% de los empleos y acentuar la desigualdad entre países» y el World Economic Forum (WEF) afirma, entre otras cosas, que el 60% de las compañías verán transformarse su negocio en 2030, dejando muy claro que esta tecnología no solo se dispone a reconfigurar el mercado laboral, sino que lo hará de forma asimétrica, exponiendo aún más las ya profundas brechas estructurales y geopolíticas.
La desigualdad entre naciones no viene únicamente determinada por la latitud o el grado de desarrollo económico y tecnológico, sino además en gran medida por las decisiones políticas y las estrategias de inversión.